57. Intenciones baratas que salen gratis. (ya no hay Bogarts, somos Holly Martins).

gratis

Del lat. gratis.

  1. adj. gratuito.
  2. adv. De manera gratuita o sin coste.

 

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Gratis es, quizás para muchos, por lo que uno no está dispuesto a pagar.

Hay quienes no creen que haya que pagar por las ideas, por el pensamiento, y, sin embargo, no parece preocupar el entorno de obsolescencia, de incoherencias que salen gratis a diario.

Quizás porque vivamos en un mundo de rebajas donde olvidamos con frecuencia el precio justo (¡a jugar!), el valor de una realidad que a veces parece enredar para ser ficción.

Claro, todo se reduce a la ilusión, de la que indudablemente el textil se alimenta, pero a pesar de los deseos y de la imaginación de muchos, es palpable, como lo son: el diseño, la inversión, las hilaturas, las maquinarias, los gastos de empresa, los sueldos, los transportes… ni los agentes somos gratis, lo quieran o no.

Agentes de espaldas duras y doloridas, de digestiones pesadas, de teléfonos humeantes, que somos analgésicos, antisépticos, antidepresivos y sobre todo, pacientes. Pacemos y hacemos la paz e incluso, devoramos paciencia-s. Sí señores. Y, sin embargo ¿en extinción?

 

Para muchos donde todo lo ajeno es o debería ser gratis, empezando por el tiempo, así es como se aprecia el trabajo de calle, que es, como las relaciones, una lucha: la confianza de los mercados cae como un basto amante se desnuda en promesas vacías, porque saben que, al final, les saldrá gratis, esconderán las verdaderas intenciones sin más, porque cuando algo falle, escondan la cabeza o escurran el bulto. Puro humo de cobardes, de pantomimas que pagan otros: los Holly Martins mientras las ferias alimentan vanidades y los años, como los filtros, se guardan en maletas que van pesando y rompiendo espaldas.

Holly Martins, a veces, somos todos, el antihéroe leal que confía en la amistad y en la coherencia hasta que los Harrys Lime dan vueltas y vueltas en las norias de forma tan gratuita como nuestro día a día, como las copias y las muestras que se envían a diario para caer en saco roto.

Y que vaya por delante que quien esto escribe y suscribe no cree en el ojo por ojo, quizás sólo sienta la añoranza de la ficción, de la posibilidad de ser agentes de ala ancha de un film noir donde el bastardo no queda libre, ni de sospecha ni de responsabilidad, lejos de una realidad que llena los diarios con crapulillas de más o menos medio pelo que se saltan la ley de la física: toda acción tiene una reacción. Pobre Newton, llorando a escondidas en un rincón sin imaginar lo que se le venía encima, y no, no era una manzana, sino un ensayo- error, error, error de sistema donde los Harry Lime disfrutan de sus millones y se ríen a mandíbula batiente.

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Por eso, una se pone a soñar, a inspirarse en mujeres fatal, fuera de la ley que pone entre las cuerdas a los Moriarty y Harry Lime del mundo. Pero no, ya no están Bogart ni Bacall entre bambalinas, los bastardos apenas son cutres imitadores de Dorian Gray que ni saben quién fue; Tom Ripley se sorprende de la mediocridad que le rodea allí donde todo se vende sin acierto y con desconcierto, aquellos para quienes sólo cuenta su interés, que coincide con el de su banco, ajenos a otras verdades, a coherencias y demás valores demodé que ni disimulan en aquello con lo que no comulgan entre carcajadas: hombres arañas, mujeres pirañas a los que los errores les salen gratis.

Sin embargo, no pasa nada, se sigue vendiendo humo, estrellas muertas. Si no hay justicia, ni poética, si no hay Bogarts… ¿Dónde está Rick? ¿Dónde, Holly Martins?

 

Pd1: Holly Martins y Harry Lime son dos personajes de la película El tercer hombre, un anticipo y digestión del desencanto, de las ruinas y de una realidad que se moderniza pero no cambia. Para muestra, el siguiente botón (final de la película).

 

 

56. Los colores del verde.

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Verde. Del lat. virĭdis.

  1. adj. Dicho de un color: Semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda, y que ocupa el cuarto lugar en el espectro luminoso. U. t. c. s. m.
  1. adj. Dicho de un árbol o de una planta: Que aún conservan alguna savia, en contraposición al seco.
  1. adj. Dicho especialmente de un fruto: Que aún no está maduro. U. t. en sent. fig.
  1. adj. Dicho de una cosa: Que está en los principios y a la cual falta mucho para perfeccionarse.
  1. adj. Dicho de una persona: Inexperta y poco preparada.
  1. adj. Dicho de un cuento, de una comedia, de un chiste, etc.: Indecentes, eróticos.
  1. adj. Dicho de una persona: Que conserva inclinaciones sexuales impropias de su edad o de su estado. Viejo verde.
  1. adj. ecologista. Apl. a pers., u. t. c. s.
  1. m. Señal de tráfico de color verde que, en los semáforos, indica precaución. Al ver el verde, aceleró.

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  1. loc. verb. coloq. Colmarlo de improperios o censurarlo acremente.

 

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En Viena hay diez muchachas,

un hombro donde solloza la muerte

y un bosque de palomas disecadas.

Hay un fragmento de la mañana

en el museo de la escarcha.

Hay un salón con mil ventanas.

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals con la boca cerrada.

Federico García Lorca, Pequeño vals vienés.

 

Dicen que la esperanza se viste de verde.

Y de verde, Lorca a veces envuelve a la muerte.

La muerte con pucheritos de menta, de anhelo, el de una noche de verano que el cine retrató con seda verde, verde, verde.

Verde imaginación de Jacqueline Durran que hizo posible en Expiación aquel vestido trampa.

Trampa porque no era vestido, ni sólo un verde: eran dos piezas, cuerpo y falda que se combinaron según las luces y las sombras de 100 metros tintados de distintos tonos de seda verde, cambiante, para tantos planos como movimientos, los de una mujer saltamontes en la biblioteca, contoneándose por los pasillos, como la luz que reflejara.

Los reflejos de aquel espejo verde en el que mirarse, así como las tragedias se tragaron mejor, el boldo, la menta, la hierbaluisa, con el aliento fresco, el césped recién cortado.

 

Cortes en noches de luna llena, en la que más valiera desnudar a la manida y sobada esperanza y dejarla con sus misterios al aire, sin trampas ni artificios, sin el teatro de su mirada, farsa, sainete, que todos están, pero casi ninguno son como ese vestido trampa de seda de cien verdes.

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Verdes como los mejores recuerdos: los olores, plantas que dan los buenos días, las hebras de té, los bosques, el sueño, el sabor de Lorca en mi boca, aceite de oliva virgen extra, esa mujer que soy cuando aprendo de los tiempos y las distancias, las ganas de pisar el acelerador cuando me empapo de música.

Y de la música, el lenguaje.

El lenguaje de una prenda, la del vestido trampa, la que el poeta no volvió a vestir, la que tal vez perfumó con aquella corona de azahar que nunca se puso, bajo las margaritas con las que soñó en la sexta luna, luna, lunática con dientes de plata que atravesó con sus versos todas las palabras ausentes que nunca más firmó, ni con el verde de su pluma, ni con el musgo de una roca ronca, que le quitaron, que nos arrancaron.

Arranquemos este año con el verde más buscado, para que Lorca, que dicen ahora que es de todos*, vuelva a ser verde vida, verde cambiante, incluso verde trampa, con la savia de sus versos que llenen páginas los diarios del reportero más dicharachero, en este mundo verde.

 

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“MUPPETS MOST WANTED” (Pictured) KERMIT. Photo by: Jay Maidment ©2013 Disney Enterprises, Inc. All Rights Reserved.

Para Curro, gracias por hacer de la nuestra, una amistad tan verde como esta.

Con la añoranza de la poesía de Lorca, de Cohen. Dos desgarros.

 

*Para saber más acerca de los autores de dominio público: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/12/30/actualidad/1483092260_837815.html

 

 

52. Charada (serie cine y moda.1)

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Del fr. charade.

  1. f. Pasatiempo consistente en adivinar una palabra a partir de alguna pista sobre su significado y sobre el de otras que se forman con sílabas de la palabra buscada.

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Voz onomat.

  1. f. Ar. llamarada.

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Como en un juego de sombras, el otoño pareció asomarse antes a Madrid que a la feria parisina como acostumbra cada septiembre. París ardió, quemó, sofocó y se inundó en una llamarada, charada.

París dentro y fuera del cine, de la mano de Regina Lambert (Audrey Hepburn) y el hombre de los mil nombres (Cary Grant): repóquer ¡hagan juego!

Si la música de Henry Mancini no se despega del paladar, el vestuario de aquella amistad que duró años entre Givenchy y Hepburn no se queda atrás. La moda se hizo abrigo, por aquello del frío invierno de la capital gala, pero también, por lo que ocultan, en una historia donde lo que no se muestra, como suele ocurrir, siempre supera a lo que se enseña. Es ese chic que tienen tan bien aprehendido y que ahora parece desvanecerse en el empeño constante de desnudarse y de romper los misterios, y sí, para variar, hablando simbólicamente.

 

 

¿Qué esconde la señorita Lambert al otro lado de su fantástica colección de abrigos después que le hayan robado hasta el último libro de su casa? ¿Qué será lo que oculte su compañero para dejarse empapar bajo la ducha y la mirada mágica de Reggie?

Así como hay trajes waterproof, también enredos para aquello que se anhela.

¿Acaso no nos vestimos de artificio cada mañana?

Ya lo decía Gabrielle Chanel, que la moda pasa y el estilo permanece, y ahí, queridos, Francia nos sacará siempre una deliciosa ventaja, algo así como ver colas un día cualquiera en librerías varias, casi en cada esquina… Pero retomo, que me pierdo.

 

Charada es seductora, elegante y divertida y ¿por qué no un poco peligrosa? como sus protagonistas, combinan a la perfección el uno con el otro en ese juego de sencillez y sofisticación, madurez e ingenuidad,  así como diálogos que los visten con la misma profundidad que las resultonas caricaturas que los envuelven, de lo que grandes abrigos ocultan, sin dejar de ser pura esencia de una lección de estilo que a pesar de los 53 años que nos separan de entonces, sigan siendo sofisticados, de cortes limpios y favorecedores, de colores vivos y leves como las calles que habitan y enormes botones que salvaguardan los misterios, verdades disimuladas junto con guantes extra largos. Objetivo a la caza de miradas donde no se sabe hasta dónde llega la verdad ¡¿y qué verdad?!

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Charada es también un poco París, ese encuentro que ver con la mirada de la primera vez (envidio a quien pueda tener ese privilegio que ya perdimos quienes la vimos una y tantas veces), que recorrer por las mismas calles y el recuerdo siempre palpitante…

Así como hay trajes waterproof, hay recuerdos que son y serán siempre París, porque no sólo queda Première Vision, ni mucho menos…

 

Y así, haciendo de los engaños ese delicioso objeto de deseo, se redibuja Charada, y la culpa, perdónenme la expresión, la tuvieron Stanley Donen y Givenchy, expertos en ilusiones…

  • “¿Por qué la gente tiene que mentir?” preguntaba Regina Lambert/Hepburn.
  • “Normalmente, porque desea algo y teme que con la verdad no lo consiga.” Respondía lacónicamente Grant.

Y así las ferias se visten de charadas.

¿Por qué habrá quienes pregunten lo que no quieren saber?

Y así comienza la charada, otra feria más.

yo no muerdo, ¿sabes? A menos que sea necesario

 

 

Agradezco la labor de recopilación de fotogramas de https://theblondeatthefilm.com/2014/10/21/charade-1963/