77. Romper. (O la atracción del feísmo).

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Romper. Del lat. rumpĕre. Part. irreg. roto.

  1. tr. Separar con más o menos violencia las partes de un todo, deshaciendo su unión.
  2. tr. Quebrar o hacer pedazos algo.
  3. tr. Dividir o separar por breve tiempo la unión o continuidad de un cuerpo fluido, al atravesarlo. Romper el aire, las aguas.
  4. tr. Interrumpir la continuidad de algo no material. Romper la monotonía, el hilo del discurso, el silencio, la tregua, las negociaciones, el noviazgo.
  5. intr. Dicho de las olas: Deshacerse en espuma.
  6. intr. Tener principio, empezar, comenzar. Romper el día. Romper a hablar. Romper la marcha.
  7. intr. Manifestar a alguien la queja o el disgusto que de él se tiene, separándose de su trato y amistad. Romper CON un amigo.
  8. intr. Prorrumpir o brotar.
  9. intr. Dicho de una flor: abrirse (‖ separarse los pétalos).

de rompe y rasga

  1. loc. adj. coloq. De ánimo resuelto y gran desenfado.

 

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“Dicho de las olas: Deshacerse en espuma”.

Ojalá nos rompiéramos como las olas, deshechos en espuma.

Pero lo cierto es que solemos rompernos en una ciénaga. La misma que muchos habitan.

Convirtiendo en recuerdos lugares que sobreviven pero apenas existen como los descubrimos. Así como se cierran puertas para no regresarlas, se construyen nuevos caminos.

Se desgarra la lana vieja, se rasga la seda más delicada, se mueren las gardenias y se desangran las modas como se zurcieron mensajes en las costuras.

La realidad tiene mucho de ruptura, con el pasado, dicen, con la clase establecida, tal vez. Así, de vuelta y media, el feísmo se sube a sus plataformas, dentro y fuera de las pasarelas y se deja el pelo sucio -sí, como lo leen- para reafirmarse.

Quizás, como paradojas hay muchas, sea la exhibición de la imperfección, no de su arreglo, ni de remiendos que caen en el olvido; tal vez, metáfora de convivencia con la desidia haciendo jirones ideologías, o incluso la burla del sistema de quienes consumen, consumen y consumen hasta que quemen los bolsillos que se sean lo único que no se rompa ni deshaga en las tendencias.

¿Todo llegará?

OI 2018-2019 de Gucci

OI 2018-2019 de Gucci

Michael Kors sostiene que el estilo es lo contrario a la moda: “no tiene que ver con el vestir, es el reflejo de cómo piensas y cómo vives”.

Entonces ¿quiénes son aquellos que alimentan dicho feísmo?

¿Acaso el mal gusto nace como reacción al gusto de lo que se ha llamado históricamente clase dominante?

En el fondo, esta ruptura me lleva irremediablemente a preguntarme ¿qué es la belleza? ¿responde ese instinto de degradarla al mismo rincón del inconsciente en el que un adolescente busca “matar al padre”?

 

Umberto Eco en Historia de la fealdad suscribe que lo feo no es el infierno de lo bello. Ambos pertenecen a distintos registros estéticos, construcciones sociales y culturales que varían según el entorno y sus circunstancias. Ahora que vivimos inmersos en la constante exhibición de cada entorno, a través del espejo, que diría Lewis Carroll, nos asomamos a un abismo inesperado que convive con una realidad que poco tiene que ver con los cánones clásicos de belleza, seguramente.

Y así ocurre, que el feísmo no sólo estético, se instala en nuestra mirada, en nuestra realidad. Se expone aquello roto sin intención ni intento de arreglo, incluso como triunfo del que enorgullecerse.

 

Oscar Wilde definía a la moda como una forma de fealdad tan intolerable que se debe alterar cada seis meses, y así lo confirma el propio Demna Gvasalia “Mi ropa es fea, por eso gusta tanto”, comentaba orgulloso.

 

Este año la estructura de unos tejanos, por llamarlos de algún modo, se venden por 140€ en Carmar. Leo con asombro artículos en los que se preguntan si alguien se pondría algo roto cuando llevamos años viendo cómo el desgastado y las roturas alcanzan lo que para muchos, quizás en otra época, serían las más altas cotas de la miseria.

pantalones rotos

Pienso en quienes fueron sastres o costureras, en los milagros que hacían con zurcidos y costuras impecables para alargar a base de remiendos las vidas de prendas ajadas, incluso en la lucha contra polillas irreverentes (que parecen haberse dado un festín con dichos tejanos).

Pero no puedo evitar sonreír al imaginarme a un Banksy del textil detrás de esta gamberrada, a falta de performance, ya saben, que los convierta en El traje nuevo del emperador versión 2018.

 

¿Qué pensarían si regresaran y vieran el espectáculo en el que se ha convertido el oficio?

 

Prendas que ahora viven en esta vorágine de vida líquida, tan efímero como amores sin lucha que se deshacen sin la belleza de la espuma de las olas, donde habitar, a veces en los márgenes, donde el brillo no consiste en el efecto sorpresa, sino en el estilo del que hablaba Michael Kors, ahí donde una lentejuela a plena luz del día ilumine más que todas las noches de fiesta empapadas en feísmo, ahí donde se romperse en espuma.

 

 

Hoy una recomendación y un recuerdo.

La primera es contra el feísmo que nos rodea, alimentando una belleza natural, sostenible y respetuosa con los animales y el planeta. http://naib.es/

(Podría decir que siento cierta nostalgia del poso que los gnomos dejaron).

 

22 de noviembre es y será una fecha de un pasado que nos trajo hasta aquí.

Hubiera sido el cumpleaños del Botella original en el mundo del textil al que tanto mi padre como yo le debemos un oficio. Dos gardenias para él.

31. Con mucho gusto.

gusto.

(Del lat. gustus).

  1. m. Sentido corporal con el que se perciben sustancias químicas disueltas, como las de los alimentos.
  2. m. Sabor que tienen las cosas.
  3. m. Placer o deleite que se experimenta con algún motivo, o se recibe de cualquier cosa.
  4. m. Propia voluntad, determinación o arbitrio.
  5. m. Facultad de sentir o apreciar lo bello o lo feo. Diego tiene buen gusto.
  6. m. Buen gusto (‖ facultad de sentir). Vicente tiene gusto, o es hombre de gusto.

(‖ cualidad). Traje de gusto.

  1. m. Cualidad, forma o manera que hace bello o feo algo. Obra, traje de buen o mal gusto.
  2. m. Manera de sentirse o ejecutarse la obra artística o literaria en país o tiempo determinado. El gusto griego, francés. El gusto moderno, antiguo.
  3. m. Manera de apreciar las cosas cada persona. Los hombres tienen gustos diferentes.
  4. m. Capricho, antojo, diversión.
  5. m. Afición o inclinación por algo.

con mucho ~.

  1. expr. U. para indicar que alguien accede a algo que se le pide.

regusto.

  1. m. Sabor que queda de la comida o bebida.
  2. m. Afición que queda a otras cosas físicas o morales.
  3. m. Sensación o evocación imprecisas, placenteras o dolorosas, que despiertan la vivencia de cosas pretéritas.
  4. m. Impresión de analogía, semejanza, etc., que evocan algunas cosas. Este texto tiene un regusto romántico.

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El gusto por el gusto nos hace efímeramente eternos.

Y en el fondo, ¿qué importa el tiempo?

 

¿Qué sería de nuestra civilización sin cultivar el placer?

A veces mal visto, se imponen prejuicios y sombras de sospecha.

El placer por la mirada, por el tacto, el oído, el olfato y por supuesto, el gusto.

Y de la memoria del gusto tenemos los cinco sentidos.

A cada cual los suyos.

Algunos lo son en un universo sensorial infinito, como el mar y la lluvia que los empapan por aquello del don de fluir que cantaba Drexler; como los cerezos en flor que me bebo cada primavera, mientras otros se derriten como la mantequilla deshace el chup chup de un guiso, para así, escribir nuestras historias fundidas -a blanco-.

Repaso la emoción táctil de quedarme a pelo destramando mis recuerdos; del mundo visual en el que no siempre, Picasso me perdone, “el buen gusto sea enemigo de la creatividad”, ya fuera con el color del año o con el artificio para salvar el mundo; sin duda los martillazos sonoros me dejaron del revés con la primera parte de un diccionario de infamias, con el que a veces reprimir la risa, y otras el sentido común. Así llegó el otoño con su olor a cosecha, transición que cambiara el rumbo hacia el fervor del gusto por el gusto para cerrar este año tan sabroso.

Inevitable que al final se me crucen los tejidos como alimentos.

En las últimas incorporaciones están el modal y el jengibre; del mismo modo que mis básicos son el algodón y la cebolla. Por otra parte está la viscosa, que junto al tomate, forman parte de una adhesión progresiva y ascendente, casi podríamos decir de un apego, un cariño especial del que aprender, que desarrollar con los años, madurando el gusto. Porque aunque no todo el placer está en lo oral, (¿qué diría Freud a estas alturas?) es indudable que forman parte de mi memoria sensitiva del gusto.

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Nada de fast food.

Sino más bien lo contrario, alguna que otra digestión lenta y pesada se coló para dejarlo todo empapado en el bosque después de un buen chaparrón. Finalmente, los disgustos cayeron como hojas muertas desaprendiendo todo aquello que estrangulara, mutilara o disipara el deseo, haciéndolo una vez más, infinito.

Hecatombes cuando las tripas hablan, el paladar se extiende a través de los dedos, haciendo del tacto, como yemas a punto de florecer, ese texto mudo que se dibuja en la lengua, revoloteando como una mariposa.

Y se rompe, se desgarra el buen gusto en mil pedazos para reescribirlo de nuevo. Para reinventarlo como se desgarran las costuras, haciendo la revolución del regusto poliédrico, al otro lado de la memoria, ahí donde se dibuja la imaginación.

Revolución es, sin embargo -y tristemente-, una palabra que perdió su gusto potente allá por el siglo XX.

¿Allá quedó el sabor/ saber del inconsciente constante que nos trajo hasta aquí?

Pequeño entramado del lugar del deleite.

 
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Y masticando las palabras, digiriéndolas al aroma de bergamota, con mucho gusto me despido hasta el año próximo, deseándoos que lo disfrutéis y que sigáis ahí, al otro lado, vuestros comentarios y lectura son uno de esos placeres que tanto gusto dan por duplicado, a mí y a mi ego o viceversa 🙂