88. Viajante.

abuelo A 1

viajante

De viajar y -nte.

 

  1. adj. Que viaja. Apl. a pers., u. t. c. s.
  2. m. y f. Dependiente comercial que hace viajes para negociar ventas o compras.

 

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Somos viaje. Y también, venimos de un viajante. Uno que a veces me gusta imaginar con sombrero y bastón. Con sus gafas y su bigote. Uno que hubiera disfrutado de las nuevas tecnologías. Así es, hoy estamos donde estamos porque muchos años atrás, hubo un viajante que se dedicó al textil en la familia. Pero no sólo.

También sembró parte de quienes fuimos, de quienes somos. Entre bocado y bocado o con el recuerdo de las dos gardenias. Se escribieron cartas desde la distancia que hoy nos habita, cartas que imagino con letra pulcra, papel amarillento. Y mientras, los tejidos pesaban en maletas sin ruedas. Aquellas olvidadas que anunciaban despedidas. Viajes en carreteras secundarias. Y la lluvia, y la nieve: el frío.

Las ausencias escribieron muchas biografías de viajantes, aquellos que regresaban con recuerdos de sus viajes que, una y otra vez, emprendían. Los que no anticiparon el presente.

A veces me pregunto ¿cuánto dura la extinción de un oficio?

Ser efímero no sólo se combate a mordiscos, también queda la música, respuestas urgentes, modelajes. ¿Acaso existe el tiempo?

El tiempo de cerezas pasó y con él, se anudaron utopías.

Hoy son cargamento pesado. Como los afectos, como los recuerdos.

 

En memoria de mi abuelo, viajante y bon vivant en el día de la música.

BSO. Oscar Peterson. The Bach Suite. Allegro/ Andante/ Bach’s Blues.

 

85. Versión extendida. (Bajo el puente).

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Extender.

Del lat. extendĕre.

 

  1. tr. Hacer que algo, aumentando su superficie, ocupe más lugar o espacio que el que antes ocupaba. U. t. c. prnl.
  2. tr. Esparcir, desparramar lo que está amontonado, junto o espeso. Extender la hierba segada para que se seque. Extender la pintura con la brocha.
  3. tr. Desenvolver, desplegar o desenrollar algo que estaba doblado, arrollado o encogido. U. t. c. prnl.
  4. tr. Dar mayor amplitud y comprensión que la que tenía a un derecho, una jurisdicción, una autoridad, un conocimiento, etc. U. t. c. prnl.
  5. prnl. Dicho de un monte, de una llanura, de un campo, de un pueblo, etc.: Ocupar cierta porción de terreno.
  6. prnl. Ocupar cierta cantidad de tiempo, durar.
  7. prnl. Hacer por escrito o de palabra la narración o explicación de algo, dilatada y copiosamente.

 

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De breve a brevísimo quedó este relato que nació con el recuerdo bajo el puente. Porque me apetece recuperar la versión extendida para desenvolver, desplegar, durar o esparcir más en el pensamiento. Como se extiende la hierba sesgada para que se seque, ahora que nos acercamos a época de cosecha. Feliz septiembre.

 

Que su cuerpo hubiera aparecido debajo de aquel puente no fue ninguna casualidad. Allí por el pasaron bandoleros y demás paisaje de dudosa reputación. Ella no fue una mujer como las demás. O eso decían. Tampoco acostumbró a creerlo, era lo mejor que podía hacer para sobrevivir, nunca creer de más. Su piel se fue curtiendo con los años como sus emociones. Pero aquello tampoco era nada nuevo, sólo que muchos lo disfrazaban. Ella no. Durante los días siguientes, se llenaron páginas de miserias en los diarios. Mientras, el Olvido fue llenándose de niebla. Porque el Olvido también, come, pensó Ymelda Meyer. Ella que, fuera diferente o no, resolvió pequeños hurtos, pero nunca encontró un crimen como aquel. Nadie había acuchillado antes a la Esperanza, aquella puta vestida de verde, decía la canción. Y es que después de ella, llegaron el asesinato de la Ilusión, y el secuestro del Tiempo. Lo que Meyer no sabía, es que la Memoria también pendía de un hilo, y así, llena de silencios, se hizo cargo de aquel caso que se suponía imposible, pero ella era heredera de un legado improbable. Después de seguir las pistas, de hacerlo sola, como todo lo importante en la vida, llegó a través de varios anónimos, aquellos que parecían cebos más que un mapa, a aquel túnel lleno de sombras donde la humedad fue devorando y pudriendo cada posibilidad de escapar. En realidad, no pensaba hacerlo, no porque no tuviera miedo, claro que lo tenía, pero no quería que éste dictara sus pasos. Y menos aún para acabar en un mundo sin Ilusión, Tiempo y Esperanza. Importaban. Quizás porque tuviera a su tía postrada en la cama fría de un hospital que olía a lejía y anticipaba la muerte. Y a la muerte la pensaba en minúsculas, no quería que ganara la partida antes de tiempo. Ya bastantes letras y palabras de más se quedaban en las cunetas. Bastantes historias se perdían sólo por el Miedo, los silencios. Ella no quería ser cómplice, seguía nombrando a las cosas por su nombre, cayera quien cayera. Pero entonces, en aquel túnel en medio del bosque, escuchó un grito de auxilio. Era el Tiempo pidiendo socorro. Meyer se llevó la mano a su arma sabiéndose ridícula por no saber a qué, a quién se enfrentaba. Pero allí no había nadie. Sin embargo, no dejó de escuchar los gritos. Atravesó aquel lugar para llegar al bosque, a unos metros del puente. Creyó estar delirando. No le extrañaba que aparecieran alucinaciones después de aquel rastro que siguió a oscuras. No pudo olvidar el rostro roto de la Esperanza. Tampoco las sombras que envolvieron a la Ilusión marchita. Demasiado perdieron sin ellas, pero al Tiempo lo necesitaba, porque sabía que, sin él, el mundo se iría a la mierda. No sólo su tía, no sólo los afectos de su infancia. Y allí, en medio de ninguna parte, debajo del puente, lo encontró atado del cuello, con la misma desolación de una casa en ruinas, llena de abandono. Allí, al otro extremo de la cuerda, colgaba apaleada la Memoria, muda y derrotada. Meyer se sobresaltó. No pensaba encontrar a dos rehenes tan necesarios. Ya casi no creía en lo imprescindible hasta que los vio allí a punto de extinguirse, a la espera de unos minutos, de su decisión. Miró el reloj y supo que las amenazas del criminal estaban a punto de llegar a término. Si salvar al Tiempo o a la Memoria. No podía pensar. No se imaginaba un mundo sin ninguno de los dos. Aquella cuerda que unía sus cuerpos que quedarían suspendidos sobre un bloque de hielo al terminarse la cuenta atrás. Entonces hizo lo único que no la atormentaría por el resto de sus días. No eligió. Pero tampoco iba a verlos morir. Desató al Tiempo, convirtiéndose ella en rehén para que así, pegando un tiro a su cuerda, la Memoria quedara libre. Aquel mecanismo perverso tendría su víctima. La soga en su cuello. Aquel que años atrás quisieron romperle. El mismo que sintió vibrar con el calor de los susurros. Allí donde las ausencias siempre se le volvieron más grandes, casi infinitas. Entonces, La Nada salió de las sombras. Sí, siempre fue ella. Aquella enemiga envidiosa de todo lo que agitaba la Vida. La Nada, hermana del Olvido, con quien jugó en su infancia caprichosa a romper lo que otros quisieron construir. Nunca nadie puso límites. Así llegaron hasta allí, donde, después de haberse quedado sin Esperanza ni Ilusión, Meyer no podía permitir que también les arrebataran al Tiempo y la Memoria. Quería creer, por primera vez en muchos años, que podría volver a nacer una nueva Ilusión. Que jugaría con el Deseo cuando se hicieran mayores. Aquello, más que un acto de fe, era el recuerdo de su último anhelo y entonces lo supo. Su sacrificio no sería más que el castigo que nadie le puso a La Nada. Y con una sonrisa burlona, sintió que la Ilusión no había muerto del todo. En realidad, sólo necesitaba que alguien creyera en ella para volver a levantarse, y así fue cómo aquel crimen perfecto se rompió con la soga al cuello de la inspectora Ymelda Meyer que cayó al vacío, rompiendo a La Nada con un golpe de viento que la destrozó en mil pedazos.

No tardaron en encontrar a la inspectora Meyer bajo el puente. Ningún maleante se atrevió a acercarse. Los restos de crimen perfecto a su alrededor. Aquel que ni el Miedo quiso recomponer. Que el Olvido dejó a su suerte. Allí, junto al cuerpo de Ymelda, la Esperanza, la Ilusión, el Tiempo y la Memoria velándola como a una Blancanieves infinita que quizás, hubiera aprendido a creer, aunque fuera en imposibles.

 

BSO. Blue in green. Miles Davis.

 

 

 

Bajo el puente.

IMG_3977 bis Entramada

Que su cuerpo hubiera aparecido bajo aquel puente, junto al precipicio no fue casualidad. No fue una mujer como las demás. O eso decían. El Olvido fue llenándose de niebla. Porque también come, pensó Ymelda Meyer. Nunca vió un crimen como aquel: la Esperanza desangrada, la Ilusión muerta y el Tiempo secuestrado. Meyer se hizo cargo porque no quiso escapar. No porque no tuviera miedo, claro que tenía, pero no iba a dictar sus pasos. Y menos aún para acabar en un mundo sin Tiempo. Meyer caminó por el precipicio buscando a la Memoria que estaba siendo torturada por La Nada, criminal invisible, descubierta con las manos en la masa. Entonces, tuvo la oportunidad de hacer aquel heroico intercambio. Una por otra. No podría soportar vivir en un mundo sin Tiempo ni Memoria. La Nada, caprichosa, aceptó. Lo que no podía imaginar, era que, con aquel salto al vacío de Meyer, el crimen perfecto de La Nada se rompió con un golpe de viento que la destrozó en mil pedazos.

 

#crimenperfecto

relato para el concurso #crimenperfecto de Tierra Trivium.

 

 

84. La piel -sentir-.

 

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sentir

Del lat. sentīre.

 

  1. tr. Experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas.
  2. tr. Oír o percibir con el sentido del oído. Siento pasos.
  3. tr. Experimentar una impresión, placer o dolor corporal. Sentir fresco, sed.
  4. tr. Experimentar una impresión, placer o dolor espiritual. Sentir alegría, miedo.
  5. tr. Lamentar, tener por doloroso y malo algo. Sentir la muerte de un amigo.
  6. tr. Juzgar, opinar, formar parecer o dictamen. Digo lo que siento.
  7. prnl. Hallarse o estar de determinada manera. Sentirse enfermo.
  8. prnl. Considerarse, reconocerse. Sentirse muy obligado.

sin sentir

  1. loc. adv. Inadvertidamente, sin darse cuenta.

 

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Es la piel ese órgano mudo que decide qué vestir, qué tocar o cómo dejarse acariciar. Por dentro y por fuera. ¿Acaso no se elige con especial mimo aquello que roza la intimidad? Con las emociones, el cuerpo y sus prendas, lo mismo. Sentir el tacto de los enamoramientos textiles, la seda, el tencel, el cashmere… que ocurren como ríos entre las piernas en tardes de estío, cuando el calor aprieta y las humedades se anhelan. Cuando la piel negocia dónde quedarse, dónde regresar. Donde Bernini y su Nilo se cuela en los despertares a deshoras y atraviesa como una caricia imprevista, vistiendo de pulido mármol sin juicios ni duelos, con los ojos vendados, ahí donde se alimentan el resto de los sentidos despiertos, agitando la piel, dejándola sentirse más allá de un cuentito de verano.

 

El misterioso caso de los lunares cambiantes.

Ella creció como sus lunares, en constante movimiento. Fueron dibujándose sobre su piel esferas perfectas, cuadrados incluso, alguna pirámide atravesó su muslo izquierdo. La llenó de misterio, el mismo que envolvía a aquellas que viajaban despiertas y soñaban a gritos. Así era. Se llenaba de despertares, tantos como desvelos.

Mientras, escribía historias que tejía a dos manos, las mismas con las que arañaba aquellas maletas. ¡Y cómo pesaban, las condenadas! Tanto o más que en enero; iban pasando los meses y el cansancio se dibujaba en esa brisa que anunciaba el verano en una primavera que se resistía a marchar.

Una tarde, después de repasar uno a uno esos rincones privados de su piel, descubrió que los años desdibujaron la pirámide de su muslo izquierdo. Allí donde alojó tanta magia se había convertido en una extraña constelación. Se borraron dos de sus vértices y a cambio, se deslizaron creando la cola de un cometa despistado. Se rompió el equilibrio, pensó. Quiso dibujarlo de nuevo, o quizás, barrer un poco de su piel, por si aparecía de nuevo. Tatuarse no era una opción, perdería la frescura de la sorpresa, no sería más que un artificio y ya habitamos suficientes, creyó.

Fue recorriendo su cuerpo y descubrió que sus esferas dejaron de ser perfectas y acabaron por ahuevarse como si se hubieran achatado por los polos. No buscó más. No siempre apetece darse un golpe contra la realidad. Dejó pasar aquella noche y a la mañana siguiente no pudo evitar mirar. Primero regresó a su muslo y aquella extraña constelación seguía igual. Las esferas perfectas se perdieron para siempre para convertirse en un planeta algo deforme.

Pasaron los días y ella, poco a poco, fue olvidando aquel mapa que una vez creyó que era su piel. Dejó incluso, de mirarse, de encontrarse.

Sin embargo, llegó el verano, porque las estaciones no cambian, o no deberían, al menos no se detienen. Con el estío, los vestidos de vuelo, las faldas. A la brisa siempre le gustó jugar con ellas. Y lo hizo, claro que lo hizo, hasta que de su piel creció una nueva galaxia, allí donde las estrellas no eran perfectas, ni las constelaciones impecables, ni los planteas esféricos, aquel amasijo de formas improbables, se convirtió, contra todo pronóstico en una preciosa realidad de constantes móviles, tan contradictorias como reales, tan volátiles como imperfectas. Y así, con aquellos lunares que aparecieron y desaparecieron, encontró la ruta de vuelta a su planeta de donde regresó, muchos, demasiados olvidos antes, y lo hizo, siguiendo aquel mapa que nació de su piel.

 

BSO. Quasheba, Quasheba. Rhiannon Giddens.

 

Laura domingo 14 de julio 2019.

Hasta la vuelta.

82. Mensaje en una botella.

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mensaje

Del occit. messatge.

 

  1. m. Recado que envía alguien a otra persona.
  2. m. Aportación religiosa, moral, intelectual o estética de una persona, doctrina u obra.
  3. m. Trasfondo o sentido profundo transmitido por una obra intelectual o artística.
  4. m. Comunicación entre colectividades, instituciones o entidades.
  5. m. correo electrónico (‖ información transmitida).
  6. m. Ling. Conjunto de señales, signos o símbolos que son objeto de una comunicación.
  7. m. Ling. Contenido de un mensaje.

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A todos los desconocidos que están por descubrir.

A mi madre que me hizo creer en lo posible, y que junto a mi padre, pude hacerlo en lo improbable.

BSO. Alice Coltrane – Turiya And Ramakrishna

 

 

81. Hilachas lejanas.

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hilacha

 

  1. f. Pedazo de hilo que se desprende de la tela. U. t. en sent. fig.
  2. f. Porción insignificante de algo.
  3. f. Resto, residuo, vestigio.

descubrir, o mostrar alguien, la hilacha

  1. locs. verbs. coloqs. Dejar ver sus intenciones o defectos.

 

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Hubo personajes que nacieron de darle vuelo a la hilacha.

Refrán mejicano que describe la actuación despreocupada de actos de destruyen o desgastan el tejido sin pensar en consecuencias.

Son los personajes los hilos que alimentan los textos, los que tejen las historias.

Se los encuentra en cualquier parte. A algunos se los rescata de un sueño, a otros se los conoce en persona. Éstos últimos aparecen en cualquier lado: algunos del seno familiar; de un recuerdo de la infancia; otros se encuentran un atardecer en un aeropuerto lejano.

Lo importante es desenmarañarlos de los dobladillos, siempre.

 

Existen:

Los personajes patrón: allí donde no manda marinero y se encorsetan arquetipos como medidas tatuadas en la piel. Patrones, sean plantillas u originales que se trasladan al tejido y enjambre de personajes para convertirlos en prendas, las fundamentales.

Los personajes sastre: aquellos que confeccionan y sostienen la estructura de la trama porque nudo que el sastre no dio, puntada que se perdió.

Los personajes orillo: o remates naturales, porque del dicho al hecho, hay un trecho. Son aquellos que evitan que los demás se deshilachen, no son ni el principio ni el final de la pieza.

Los personajes dedal: esos que ayudan, que están, a los que se coloca -injustamente- en el lugar de dar para no dejarlos desmarcarse, y que cuando quieren hacerlo, generan conflicto, sin olvidar que costurera sin dedal, cose poco y cose mal.

Los personajes aguja: bien conocidos por ser tan improbables como una aguja en un pajar, asaltan costuras para desangrar-nos y pueden acabar pinchando de más.

Los personajes hilacha: cabos sueltos que se enganchan en la trama, son aquellos desprendidos que se convierten en enredo o misterio y demostrando que la espera, desespera y que quien calla, no necesariamente otorga.

Los personajes alivio: son aquellos que no duelen prendas, alivio de luto en muchos casos, vestiditos de azul marino y colores oscuros, como marcan los protocolos.

Los personajes tara (cebo o pecado): quizás los más peligrosos, aquellos que aparecen dando ganas de hincarles el diente con apariencia deseable y desaparecen sin explicaciones, que a hierro matan, y a hierro mueren, reventando los más delicados e improbables hilvanes.

 

Hay personajes de todo tipo, aquellos puramente ortodoxos, o los que son un enorme paisaje, un tejido propio en sí mismos. Los hay que, incluso, logran tejerse a sí mismos construyendo sus propias tramas y urdimbres al otro lado de los que nos abordan a un lado del teclado, de la imaginación o de misteriosas, incluso irrespetuosas, desapariciones.

 

Puede que en el fondo todo sea eso, que vayan desfilando hebras sueltas, algunas llenas de ausencias y distancias, otras se dejan rozar y acaban por ser aquellos de los que escribir, a los que hacer felices o a los que hacer sufrir apretando bien fuerte los dobladillos hasta dejarlos sin aliento. Porque, queridos entramados, ésa es la maravilla de las historias, que ponen voz y nombran todo aquello que las hilachas lejanas silencian, niegan, reniegan y rehúyen.

A su salud, pecadores.

BSO. Sinnerman, Nina Simone.

 

80. De tejidos y textos. -O viceversa-.

don't panic

De la Exposición de Banksy Madrid 2019

texto

Del lat. textus; propiamente ‘trama’, ‘tejido’.

  1. m. Enunciado o conjunto coherente de enunciados orales o escritos.
  2. m. Pasaje citado de una obra escrita u oral.
  3. m. por antonom. Sentencia de la Sagrada Escritura.
  4. m. Todo lo que se dice en el cuerpo de la obra manuscrita o impresa, a diferencia de lo que en ella va por separado; como las portadas, las notas, los índices, etc.

 

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Fuimos tejido escaso quienes habitamos la última edición de Première Vision: la feria de las ausencias.

Las que se mencionan y las que no se nombran.

Las que llevan años ocurriéndonos en este entramado de tendencias, donde se cruzan textiles y textos. A veces viceversa.

Aprendí de las tramas antes que de las urdimbres; deshaciéndolas, tirando del hilo, descomponiendo texturas, tesituras que vinieron -impuestas- de telares ajenos.

Fueron las tramas refugio.

Las que poco a poco se convirtieron en oficio, que años atrás parecía improbable. Y así fue, de cómo una situación difícil se convirtió en oportunidad; como Anni Albers, diseñadora textil, se construyó a través de su telar, haciendo híbridos, mezclas que unían texto y textil, haciendo de trama y urdimbre, sus herramientas, su página; aprovechó sus temblores para hacer de ellos discontinuidad, irregularidad en su obra que rompió el racionalismo y la pureza gráfica de la que venía y hacerlos signo de identidad.

La misma que ahora, se convierte en esa hilatura especial, que hace que ferias pasadas se llenaran de experiencias, de pasillos, y de más de una y de dos carreras.

Anni Albers, el tejido como texto

Anni Albers, el tejido como texto

Así discurren los dos oficios que me nombran; donde texto y tejido comparten raíz y alimento.

Un tejido resulta del entramado de hilos que, por trama y urdimbre, construyen una estructura. Del mismo modo, un texto se crea mediante entrelazar palabras que generen un discurso, significado.

Además, dice la RAE que un texto es un enunciado o conjunto coherente de enunciados orales o escritos.

Coherente.

Y la coherencia se paga cara, no es propia de valores baratos que hacen de las ideas, una pila de carros color coral, bien llamativos, que inunden las paredes de luces de neón potentes, y así, la feria de las ausencias, se convierta en un nuevo aniversario del trabajo, pero también de las vanidades.

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De aquellas tramas: esta curiosidad que crece y crece, convirtiéndose en el estímulo necesario para seguir creciendo y aprendiendo en los tejidos y textos que nos habitan.

Años entre tramas y urdimbres no se cumplen todos los días.

Gracias a compañeros que ya sois amigos, os dedico este texto tejido que, con vuestro trabajo y cariño, aprendí más que de textiles.

BSO. The love me or die. C.W. Stoneking.

 

78. Identidades.

los amantes, R. Magritte

identidad

Del lat. tardío identĭtas, -ātis, y este der. del lat. idem ‘el mismo’, ‘lo mismo’.

 

  1. f. Cualidad de idéntico.
  2. f. Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.
  3. f. Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás.
  4. f. Hecho de ser alguien o algo el mismo que se supone o se busca.
  5. f. Mat. Igualdad algebraica que se verifica siempre, cualquiera que sea el valor de sus variables.

 

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Identidades hay muchas.

Las que existen a pesar de las miradas del otro, o precisamente por ellas.

Las sinceras, las controvertidas y las incompletas.

Sin embargo, vivimos en una realidad que parece necesitarlas completas, cuando quizás, sólo sean síntomas de grietas ajenas.

Los puzzles van creciendo y desarrollándose con los años. El espacio vacío sigue generando inquietud a pesar de sus múltiples posibilidades.

Ser o no completa, quizás tenga poco que ver con la plenitud personal.

No somos completos o incompletos en función del otro, sino de la percepción que nuestros huecos enredan, de lo que nuestros velos ocultan, de cómo los vacíos alimentan o no, supongo.

Somos, pero también podemos no ser simultáneamente.

Ser doctor Jekyll y Mr. Hyde, y viceversa.

Nunca supe cuál era cuál en su juego de espejos, quizás porque formaban parte de un todo, fueran completos o no por sí mismos.

Lo mismo me ocurrió durante un tiempo con la trama y la urdimbre. Y con las contradicciones amarradas a las hilaturas, comencé a desentramar los silencios, aquellos vacíos que formaban parte también de mi identidad.

De mi nombre.

El que reivindiqué durante años de trabajo.

Qué ingenuo y qué duro. Qué simple y qué complicado.

Ser quien una es, no por hija, ni pareja, no por género, ni por edad.

¿Por qué la historia nos robó tantos nombres propios? ¿Por qué el presente aún lo hace?

Quizás tenemos pocas cosas más que una voz y un nombre, hay reivindicaciones que ojalá no fueran necesarias ni actuales. Pero lo son.

Del mismo modo que ser y estar incompleta me ayudó a crecer, a aprender, y a sobreponerme.

Del mismo modo que hay identidades que llevan siglos determinándose y diluyéndose en lo relativo a la pertenencia al grupo que tanto parece fascinar. Como sus estilismos, como sus voces, como sus maneras de ser y de mirar, tan completas, incluso hay plenitudes que poco tienen que ver con ellas.

Hay lugar para todo, para todos.

Para identidades múltiples, incluso para aquellas des-generadas.

En ese lugar, a veces invisible, se encuentran aliados.

Las palabras siempre lo fueron, a un lado y al otro del textil, de tantos cabos sueltos, de tantas muestras sin acabar, de tramas posibles e improbables, de costuras por rematar.

Gracias a ellas, aprendí del oficio, pero también crecimos como las plantas salvajes, entre rocas, tejimos una red que fue nuestra, como suceden las estaciones y caen las temporadas.

Cerramos puertas y abrimos ventanas en este año 2018, el del color ultra violet, de las tardes lavanda, las mañanas reivindicativas y las identidades lluviosas.

Gracias a todos los que me acompañasteis hasta aquí, en este año convulso, lleno de cambios y sorpresas.

Gracias a todos y en particular a Arturo, por enseñar, pero también por dejarnos aprender juntos el uno del otro, sin perdernos, sin olvidar nuestra voz, nuestra identidad, aunque nos costara.

 

74. Estructurados.

urdimbre y trama

Estructura.

Del lat. structūra.

  1. f. Disposición o modo de estar relacionadas las distintas partes de un conjunto.
  2. f. Distribución y orden de las partes importantes de un edificio.
  3. f. Distribución y orden con que está compuesta una obra de ingenio, como un poema, una historia, etc.
  4. f. Armadura, generalmente de acero u hormigón armado, que, fija al suelo, sirve de sustentación a un edificio.

estructura argumental

  1. f. Gram. Conjunto, generalmente ordenado, de los argumentos de un predicado.

 

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Las estructuras son para el verano.

Las que convierten en sombra los muros callejeros, las que se dibujan hilvanadas en vestidos vaporosos, las históricamente difamadas, las frívolamente laureadas, las que nos roban un trocito de desnudez estival.

Porque en el fondo, las estructuras son al textil lo que una buena trama a una historia, con un sinfín de formas de orillo a orillo, creando volúmenes de apariencia lisa, protagonizan los detalles, como la sorpresa de un tacto inesperado; como ocurre en los cuento donde la corteza de un árbol muestra un escondite; como en el textil la diagonal de una gabardina recuerda a un instante familiar no vivido; como en mi imaginación, una costura rota revela una nota olvidada, ahí donde se guardan los secretos.

Los dobladillos contra el olvido, puntada a puntada, convierten tejidos en estructuras, en formas, en cuerpo. Así como se elevan los esqueletos textiles con hilaturas, con fornituras, pero también se convierten en piel y escamas, desalambrado como una canción rasgada, como se rompen y deshacen las costuras quemadas por el sol.

Por el mismo sol que devuelve la diagonal de una gabardina a un presente que viaja con la rapidez de la luz, que no es la misma al amanecer en poniente que al atardecer en la memoria; la arquitectura de las sombras, de la infancia que se llenó de estructuras que giraban como las ruedas de la carretilla que empujaba mi abuelo, tac tac tac tac,  dibujando diagonales en la sombra con sus brazos, rompieron verticalidad y horizontalidad, urdimbre y trama, pasado y futuro en un mismo plano. Todos girando sobre las estructuras que se derriten en un telar cuando suenan -y sueñan- las chicharras.

De aquel sabor a infancia, llegan las tardes de verano convertidas en ornamento y sencillez, estructuras que se convierten en purita contradicción como un texto de madrugada que asalta por algún que otro anhelo, aquellos que convirtieron entramados sin principio ni final, irrupción en los orillos de un recuerdo que sabe tanto a verano como se llena de polvo la arquitectura del olvido, el mismo que a veces soportan andamios de costuras deshechas, como de tramas desconchadas.

 

14 de julio 2018. Summertime Andrea Motis

70. De la diferencia -a la disidencia-.

Escher

Escher

diferente

Del lat. diffĕrens, -entis.

  1. adj. Diverso, distinto.
  2. adv. De manera diferente.

 

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Fui una niña poco convencional.

Disfruté tramando historias, viendo guisar a mi madre y aprendiendo a comer, escuchando las canciones que mi padre elegía para encontrar cuentos ocultos, nunca quise ser princesa, pero sí tener mi castillo. Crecí alimentando mis sueños sin compararlos con los de los demás, tampoco con los de otras niñas.

Fui asimilando lo que no quería ser a la vez que me inventaba una versión un poquito mejor de mí misma, o eso siempre intenté.

Y mientras, en los años 80, se ensayaba una tolerancia quizás idealizada en mi recuerdo, ya saben, a veces la memoria es infiel. Sin embargo, parecía que la libertad de expresión, gustara o no, existía, el humor podía ser lo negro que el cómico quisiera sin necesidad de pedir perdón.

Pero -siempre los hay- hubiera o no tolerancia, en las aulas y los patios de colegio, la realidad era distinta, la mía, al menos.

No, no fue fácil. Claro que no. Ser diferente nunca lo fue. Pero con la distancia y perspectiva que dan los años, es cierto que aquel fue uno de los mejores aprendizajes para lo que puerilmente se llama “edad adulta” sin convertirme en víctima de las circunstancias, porque, parafraseando a Simone de Beauvoir, no se nace víctima, se llega a serlo.

Observo con cierta perplejidad como la vida real sigue siendo un enorme patio de colegio con las inseguridades despiertas, hambrientas y perversas; con la falta de pensamiento crítico, cítrico, que acaba por escocer heridas abiertas, pero tanta incomprensión descubre un camino propio, no todo va a ser presión social, la coherencia es resistencia, lucha e ideología.

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Compren diferente, vivan diferente.

Atrévanse a ser diferentes.

¿Piensen diferente?

 

Y entonces, la publicidad, experta en exprimir la polémica y crear contenido, se hizo un hueco para explotar un término que genera más controversia que la piña en la pizza.

¿Cuándo la diferencia se convirtió en mainstream?

¿Acaso existe la diferencia aceptable?

Por mucho que el marketing aproveche lo diferente, vivimos en un mundo de im-pertenencia al grupo, que, desde lo ancestral, tiende a sentirse incómodo ante cuestionamientos ajenos a los suyos.

Pero no todos necesitamos ser manada. Encontramos por el camino con quienes compartir, de quienes aprender, a quienes escuchar. Desde nuestras similitudes, pero también, desde nuestras diferencias.

Las mismas que se construyen desde la mirada, objeto especular que deforma o redibuja la polémica, ahí donde la miopía distorsiona realidades ¿diferente respecto a qué, a quién?

¿Es necesario un posicionamiento constante?

Y así, entre palabras que alimentaran al pensamiento, llegó la disidencia, incluso, en los encuentros y en las diferencias.

 

Espejo mágico (1946), litografía de M. C. Escher

Dedico este texto a compañeras de viaje de estos siete años textiles,  queridas, sabéis quienes sois y que os habéis convertido en amigas.

 

Se dicen muchas cosas…