76. Revival.

 

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Revivir.

Del lat. revivĕre.

 

  1. intr. resucitar (‖ volver a la vida).
  2. intr. Dicho de quien parecía muerto: Volver en sí.
  3. intr. Dicho de una cosa: Renovarse o reproducirse. Revivió la discordia.
  4. tr. Evocar, recordar. Revivió los días de su infancia.

 

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Dícese de aquello que se creía muerto y enterrado.

¿Se convierte así la moda en un fantasma?

Quizás, quizás, quizás.

Al menos, como poco, en la no muerta, ni viva, sino a veces, todo lo contrario y viceversa.

En lo que la inspiración impone y las musas se trabajan, se reviven accesorios extintos en lo que se dio por llamar buen gusto, para regresar caiga quien caiga.

Estamos ante un nuevo ciclo de revivals.

Ya fue el momento de las mallas, leotardos, fuseaux transformados en leggins.

Fueron las hombreras, los colores flúor, los cardados y las riñoneras el leitmotiv de mi infancia. Fuimos muchos los que crecimos en los años ochenta que tantos parecen añorar, ¡ay, qué dulce y peligrosa es la nostalgia que difumina tantas verdades!

 

Cuentan que a veces se diluyen los malos recuerdos, que incluso se borran. Hay quienes creen que sólo se valora lo que se ha perdido. Tremendo. ¿Será consecuencia de delegar las elecciones? ¿De no aceptar y luchar en las realidades, quizás?

A veces hay fantasmas que arañan el presente hasta que se aceptan que formaron parte de un pasado, quizás sean aquellos los que no nos nieguen el reflejo del espejo, quienes formen parte de una memoria subjetiva y coherente.

Ser consecuente es delicado, sin duda.

Serlo cuando existen subjetivivades en juego, aún más.

Pero ¿no es justo la integridad decirse la verdad a uno mismo y la honestidad al resto?

Asumamos que las decisiones pueden no ser las correctas, pero son las nuestras.

Las de elegir una riñonera -ojo, Fanny pack o belt bag acabaremos por llamarlas en el sector que respira snobismo, ya lo estamos viendo y viviendo-, incluso las de equivocarnos descartando que las diademas de la infancia, las anchas de terciopelo, las intermedias con púas como dientes, las finitas que apretaban la sien o peor aún, que las pinzas para el pelo, que tantas veces imaginé con voraces dentaduras, ahora descubro cuyo nombre también parece un recuerdo de la época, pinzas piraña, tan cómodas para el hogar, sean Street style, o lo que es lo mismo, estilo callejero.

 

Sin anhelos reprimidos, entra en escena uno de mis peores enemigos textiles de la infancia: el buzo, digo verdugo, porque no somos, ni pretendemos, Audrey Hepburn, aunque se añore su clase, su elegancia y su humor en nuestros modelitos invernales, o al menos, otoñales, que parecen ansiosos de salir, por fin, de nuestros armarios, vestidores o guardarropas.

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Recuerdo aquella prenda con el sudor de la respiración, que no siempre era lo nasal que debía, gracias a las vegetaciones que patrocinaban los muchos resfriados de mi infancia, y el picor de una lana que estaba muy lejos de tener la suavidad del cashmere.

Era final de los años ochenta, principios de los noventa.

Lo que entonces ocurrió, allí quedó, con unas libertades hoy diluidas, con un humor tan negro como los ilimitados signos de la censura permitían, y, sin embargo, despiertan a la bestia estilística de entonces, las hombreras me permitan, para emularse cual espíritu de un recuerdo, la sombra del guardarropa que fue.

¿Será el verdugo el indispendable -o must– de la temporada?

Cuyo nombre irreverente, fue antifaz del pseudo héroe de a pie que hoy se convierte en fetiche aspiracional. Así funcionan las modas y los fantasmas. Dicen que las pasarelas se han vuelto políticas cuando las calles se llevan de medios de comunicación.

Sálvese quien pueda, decían.

¿Qué será lo próximo?

¿Agentes textiles en patinete?

Todo se andará, y sino, “se hace camino al andar”.

 

Pd. Perdonénme este delirio transversal, a veces se necesita vaciar la mente, dejarse llevar por el tac tac de las palabras diseccionadas sobre el teclado después de días de cambios.

Y así, rodada de tanto revival, me recuerdo -Amanda, la calle mojada, en una infancia y una adolescencia que me trajeron hasta aquí.

Hasta el Día de las escritoras 2018.

Hasta Joan Báez.

Disfruten del otoño, de la lluvia y ¿por qué no? de la nostalgia, que con moderación, sabe dulce.

 

66. Shine on… Brilli, brilli.

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humor

Del lat. humor, -ōris ‘líquido’, ‘humor del cuerpo humano’.

  1. m. Genio, índole, condición, especialmente cuando se manifiesta exteriormente.
  2. m. Jovialidad, agudeza. Hombre de humor.
  3. m. Disposición en que alguien se halla para hacer algo.
  4. m. Buena disposición para hacer algo. ¡Qué humor tiene!
  5. m. humorismo (‖ modo de presentar la realidad).
  6. m. Cada uno de los líquidos de un organismo vivo.
  7. m. Psicol. Estado afectivo que se mantiene por algún tiempo.

buen humor

  1. m. Propensión más o menos duradera a mostrarse alegre y complaciente.

humor negro

  1. m. Humorismo que se ejerce a propósito de cosas que suscitarían, contempladas desde otra perspectiva, piedad, terror, lástima o emociones parecidas.

mal humor

Tb. malhumor.

sentido del humor

 

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En los albores del año, permítanme la pedantería, me enfundé en lentejuelas y en un abrigo Yeti, peludo y azul. Meses después me supe cosiéndome unas plumas al bajo de una camiseta…

Sí, yo, que nunca he sido de llamar la atención, y menos en lo que a prendas se refiere.

¿Qué estaba pasando?

Pensé, apenas unos segundos, que era el efecto de una infancia en los años ochenta, del volátil peludo, el monstruo de las galletas y Papageno (juzguen lo que quieran, cada uno tiene los héroes que tiene).

Sin embargo, supe que la verdadera razón no era otra que el poso del humor que dejó aquella historia que convertí en ¿ficción? entonces recién terminada; con la que aprendí a reírme -incluso y sobre todo- de mí y de tantos momentos de pequeñas tragedias sin importancia que quedaron en aquellas páginas.

 

 

 

 

 

Que volvieran las oscuras golondrinas a nuestros balcones sus nidos a colgar sólo era cuestión de tiempo, el mismo en el que se digirieron y dirigieron tendencias que desayunamos como en la infancia devoraba galletas, y entonces, una noche triste de enero surgió la magia y ¡sorpresa! llegaron a mi armario y a mi vida unos leggins de terciopelo. Los mismos que cada día que visten mis piernas me recuerdan ese viaje inesperado que reconvertir. Y lo consigo, al final del día, me río de miedos que ya no están, que brillaron como un glitter ahora descolorido mientras me cosía las plumas me recordaron cómo volar lejos del glam que no viví. Sino el que me inventé.

Como todos, al fin y al cabo.

 

 

 

Y mientras, disfruto de lentejuelas diurnas y tardes de Yeti, de meriendas de terciopelo, de amaneceres emplumados y prejuicios relajados, siendo ésa mujer que fui, la niña que soñé, del derecho y Del revés (libro que, por cierto, cumple 4 años).

Come on! Shine on… BRILLI, BRILLI!

 

 

Y así, adivinen qué tendencia visto mientras escribo -y suscribo- de este otoño atonal, seco y musical, lleno de pájaros en la cabeza y hambre de recuerdos ‘aliñaos’ en este 22 de noviembre.

 

65. Ce n’est pas un automne (A cubierto)

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a cubierto

  1. loc. adv. En lugar resguardado, defendido, protegido.

 

encubierto, ta

Del part. de encubrir.

  1. adj. Oculto, no manifiesto. Apl. a pers., u. t. c. s.
  2. f. Fraude, ocultación dolosa.

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El -entre-tiempo no existe.

Tampoco son los padres, por mucho que no sean ni frío ni calor (no es el caso).

 

¿Qué fue del otoño?

 

Octubre era de color ocre y brillante, como la pana que vestía en mi primer día de colegio en septiembre cuando ya refrescaba, con la humedad de las primeras lluvias que anticipaban un cambio.

Entonces, hubo una época en la que todo parecía posible, en la que la pana se convirtió en símbolo.

Hoy sin embargo, afloran las nostalgias, no porque el pasado fuera mejor, sino porque la lluvia limpiaba los atardeceres naranjas, porque aún no pesaba la añoranza de los otoños y las primaveras que se fueron haciendo pequeñitos, casi invisibles como el tiempo robado.

Crecí vestida con pantalones de pana mientras los otoños rojos habitaban los bosques y el recuerdo.

Allí donde la pana era campo abonado de los gnomos, del que crecerían charcos que mojarían los bajos de los pantalones y salpicarían las botas de agua.

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Allí donde aprendimos de la espera, de la ansiedad, del frío, del calor.

Ahora que vuelve el tejido de mi infancia, llega cual intrusa al sur de los Pirineos, aquí donde no llueve, estado de alarmante ausencia, el otoño se refugia a cubierto de miradas polémicas donde muchos, incautos, no lo extrañan, mientras se vuelve rojo de vergüenza, quemado y asaltado con la impunidad que dan las sombras, encubiertas.

Y así, la pana se convierte en pena, perdida en este texto roto con el deseo que no asesinen ni un trozo más de nuestra tierra, que no se convierta en memoria seca, que no calcinen ni un solo recuerdo más como el de tantas escritoras a las que les negaron su voz, bosques y palabras sean y son patrimonio de todos que nos queman, porque son, un lugar donde quedarse, donde pensar.

Que llueva, tiene -mucho- que llover…

 

Hoy día de las escritoras, este texto es para Galicia, Asturias, Portugal; con todo mi cariño.

 

 

 

27. Transición

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transición.

(Del lat. transitĭo, -ōnis).

  1. f. Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto.
  2. f. Paso más o menos rápido de una prueba, idea o materia a otra, en discursos o escritos.
  3. f. Cambio repentino de tono y expresión.

□ V.

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Transición es el paso de un estado a otro: de un modo de ser o estar a otro, como dice nuestra amiga la RAE. Ser o estar, acción y efecto; ¿ahí está la cuestión?

Cuestiones diversas, de cambios, de tonos y estaciones.

Transiciones hay muchas, la primera que muestra San Google al introducir el término es la española. En termodinámica son los cambios de estado (líquido, sólido, gaseoso y plasma) y en el textil no podía faltar: colección puente puesta a la venta a la par que las rebajas como anticipo de la colección de la próxima temporada.

Hay transiciones impuestas y elegidas, y ésas últimas son las de los valientes, las de los imprescindibles que decía Bertolt Brecht. De las impuestas encontramos la clásica vuelta al cole (veáse cole o trabajo, lo mismo da) y compartiendo tiempo, pero no espacio, a no ser que nos dediquemos por ejemplo a la recolección frutal; la cosecha, que contempla del 21 de agosto hasta el 21 de septiembre como periodo de recolección del fruto que ha crecido a lo largo del año –escribo estas palabras con uvas de moscatel endulzando la tarde, la boca y tal vez hasta los pensamientos, sabrosas herencias familiares, supongo-. Lo mismo ocurre con las ideas, ese pequeño germen que ha ido gestándose; estallando en primavera, creciendo y tomando forma bajo el sol del verano para finalmente resolver qué hacer con ellas. Si vestirlas de colores otoñales y continuarlas en su particular transición hacia un rumbo imprevisto, dejarlas en stand by o asimilarlas como un error y situarlas en la bandeja de aprendizaje.

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De algún modo son y serán las que nos envuelvan en lo que dure el viaje. A veces soñamos con serpientes que dejamos se suban a nuestro camino, nos vestimos de ellas, camuflándolas, o no, convirtiéndolas en el complemento de la temporada, como quien lleva a su chiguagua en el bolso, o a un periquito como estrambótico sombrero.

Serpientes o símbolos, qué más da.

Pero volvamos a la que nos ocupa, el final del verano es tal vez la transición más evidente, primaveras aparte. Mutamos, como las serpientes, desprendiéndonos de nuestra piel, como de un pasado, oscureciendo los días, los colores y cubriéndola de tejidos transitorios que se diseñaron en la transición anterior, cuando brotaba la primavera y florecían las ilusiones para presentarla poco antes de la caída de las hojas, ahora, en este momento previo, (pre fall), poco antes de ese desprendimiento al que los ingleses llaman otoño (fall).

(Hago aquí un pequeño paréntesis del significado de esta palabra: FALL, del inglés: Otoño, además de caída, catarata, nevada, desprendimiento, descenso. Reconozco cierta fascinación de dicha relación de los términos relativamente dantesca hacia una bajada, un ocaso natural; las hojas, el agua, la nieve, las rocas…Pero Vogue nos pone los pies en la tierra desprendiéndonos de la poética simbólica para concretar en lo práctico, aquí tenéis para saber más:

http://www.vogue.es/prefall/temporadas/prefall-2014/76)

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Y del otoño, otoñamos.

otoñar.

(Del lat. autumnāre).

  1. intr. Dicho de una persona: Pasar el otoño.
  2. intr. Dicho de la hierba: Brotar en el otoño.
  3. prnl. Dicho de la tierra: Sazonarse, adquirir tempero, por llover suficientemente en el otoño.

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Rebrotamos tras la caída de la fruta madura, con las ideas en nuestro equipaje.

Todo tránsito es un viaje relativamente desconocido a alguna parte, a algún estado y dicho cambio es deseable que sea la consecuencia de una elección, lo demás es arrastre de mareas muertas.

Y ahí está la magia de este oficio, una transición constante, que regala la oportunidad de volver a levantarse a través de discurso que presenta tan sólo una imagen, la que se construye a través del color, el tono, el estilo y las decisiones; la expresión como consecuencia de un ser y un estar distintos. Sí, muy simbólico, no lo puedo –ni quiero- evitar.

Este no es un artículo sinsentido, es un texto auto-motivacional para el regreso a este mundo de transiciones, que no transacciones, no las mías, ni las nuestras, y es un texto que quiero regalar a mis queridas valientes, ¡otoñemos una y mil veces!

“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.”

Hoy 26 Agosto, Cortázar en las palabras perdidas, tendidas al sol, para encontrarlas, para escribirlas y así, poco a poco, recuperar un poco de lo importante, de lo invisible.

Y a veces, incluso, “soñamos con serpietes”…